Carolina Raquel Antich
QUARZO
QUARZO
Nunca me abandones

por Sonia Becce

¿Cómo lograr que el retrato o el paisaje, géneros tan visitados como atemporales, resulten indiscutiblemente contemporáneos? ¿Cómo superar el balanceo desquiciante entre lo real y lo ideal, entre el ser y el parecer en el que suelen quedar atrapados y menoscabar, así, su eficacia? Mirando las pinturas de Carolina Antich, la pregunta que cabe formularse es menos por qué pinta o para qué pinta, que para quién pinta. La hipótesis sería que lo hace para sí, pero no como ejercicio psicológico-terapéutico o de autoconocimiento, sino como la investigación persistente de una artista empeñada en averiguar qué es lo que queda de un cuadro ¿figurativo? cuando se lo despoja de la perspectiva, de la composición, del detalle. ¿Pero entonces, cuánto de abstractos tienen los cuadros figurativos de Carolina? ¿Acaso sus obras vienen a reconciliar una idea muy personal sobre la abstracción con otra particularísima sobre la figuración? No es difícil imaginar a nuestra pintora en su taller de La Giudecca en Venecia, siguiendo un protocolo artístico que contraría el proceso natural y progresivo que conduce a la obra terminada. Carolina parece intervenir y enloquecer ese proceso para conseguir lo que persigue: dejar sólo lo que identifica como el absoluto esencial. Quizás empieza por pintar un cuadro con un fondo de deliberada incomodidad cromática, para atacar luego a personajes y objetos simples o genéricos que, dotados de detalles cuidados, habitan las escenas, los paisajes, sus paisajes. Este es el momento en el que normalmente la obra se daría por finalizada. Sin embargo, podríamos conjeturar que en realidad éste es el instante en el que Antich comienza su verdadera batalla pictórica, calculada y sin titubeos. El momento en el que emprendería el desgaste sucesivo de las capas de acrílico que antes pintó, para interrumpir la acción recién cuando alcanza la última capa. Es entonces cuando abandonaría el fondo para dedicarse a los personajes, para disolver sus rasgos y particularidades, y enfatizar sus miradas lánguidas y perplejas. Antich nos deja desamparados para que nosotros, su público, enfrentemos así “la pintura”, a secas y sin eufemismos. ¿Cómo explicar si no tanta economía pictórica en los fondos, tanta impiadosa ambigüedad en los personajes frontalmente retratados, tanto paisaje desolado? Pero, sobre todo, ¿cómo explicar de otro modo que a la artista le tome tanto tiempo pintar cada una de sus obras? Realizadas durante los últimos 3 años, cada una de las pinturas de Quarzo exalta doblemente la bidimensionalidad —primero en la superficie de la tela y después en lo representado— para trazar su urdimbre simbólica siguiendo el programa que la artista impone. Lo limitado del repertorio es parte de ese programa, es su clave: cada obra convoca a jóvenes que parecen no conectar entre sí, que viajan a la deriva —una deriva emocional—incómodos y ambiguos, pasivos y sin deseo. Son cyborgs a la Ishiguro, distantes de fatalidades y aflicciones que, montados en una roca, navegando en una canoa o mirando pasar el agua, se revelan como sujetos abandonados fatalmente a su destino. Criaturas que, como los personajes del escritor japonés, tratan de tender un puente para quedarse, aunque sea un rato más, de este lado.